Qué pasa con una deuda que nadie paga desde hace meses

A los 90 días vencidos, un banco europeo clasifica el préstamo como dudoso. Lo provisiona y, cuando ya no espera recuperarlo, lo pasa a fallido. Ese pase es una decisión contable: la deuda normalmente sigue existiendo en derecho. Después el banco la sigue gestionando, externaliza el recobro o vende la cartera con un fuerte descuento.

Murphy, Equipo editorial10 de octubre de 20268 min de lectura

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¿Cuándo un préstamo atrasado pasa a ser dudoso?

En la Unión Europea la línea la marca el reglamento bancario, el Reglamento de Requisitos de Capital. Un préstamo es dudoso, un NPL (non-performing loan) en la jerga del sector, cuando un importe significativo lleva más de 90 días vencido, o cuando el banco considera improbable que el cliente pague entero sin que el banco ejecute lo que garantiza el préstamo. La segunda prueba pesa más de lo que se suele pensar: un cliente que acaba de perder el empleo o que ha entrado en concurso puede clasificarse como dudoso mucho antes del día 90.

La etiqueta tiene que ver con los libros del banco, y ahí tiene consecuencias. Un préstamo dudoso exige una provisión mayor, dinero apartado frente a la pérdida esperada, y para los préstamos concedidos desde 2019 las normas europeas obligan a que esa cobertura crezca cada año hasta que un dudoso sin garantía queda provisionado por completo a los tres años. Cada mes que una cuenta sigue sin resolverse le cuesta capital al banco, y por eso la gestión de cartera NPL funciona en casi todos los bancos como una disciplina propia, con sus objetivos y su presión de calendario.

Para quien debe, el día 90 apenas cambia nada visible. Las cartas pueden cambiar de tono, la cuenta puede pasar a otro equipo y, a partir de ahí, el banco empieza a comparar lo que vale la deuda si se la queda con lo que vale si la vende.

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¿Qué significa de verdad pasar una deuda a fallido?

En contabilidad, el pase a fallido es el momento en que una entidad deja de fingir que el dinero volverá. Con la NIIF 9, la norma con la que informan casi todos los bancos europeos, un préstamo se da de baja cuando el banco no tiene una expectativa razonable de recuperarlo, entero o en parte, y esa baja lo saca del balance. Las empresas más pequeñas conocen la misma idea como insolvencias de clientes, y el nombre de manual de esos saldos es cuentas incobrables. En contabilidad, las cuentas incobrables son las que la empresa ha dejado de contar como activo: pasan a pérdidas por deterioro y el saldo de clientes baja.

En derecho, nada se ha movido. El contrato sigue vigente, el saldo se sigue debiendo y el acreedor puede seguir cobrándolo. La propia norma lo reconoce a su manera: los bancos tienen que informar de cuánto han dado de baja que sigue sujeto a actividades de cobro, porque una deuda en fallido se sigue persiguiendo muy a menudo. Lo que extingue una deuda es el pago, un acuerdo, una condonación formal, la exoneración en un concurso o el fin del plazo de prescripción, que en España es de cinco años para la mayoría de las acciones personales según el artículo 1964 del Código Civil, desde la reforma de la Ley 42/2015. Cada mercado fija su propio plazo y sus propias reglas sobre qué lo interrumpe.

En España, ese stock se llama cartera de fallidos; en Latinoamérica, cartera castigada. El vocabulario cambia y la distancia entre el libro contable y la ley no. Una cartera de fallidos ha salido del balance, pero cada cuenta que contiene sigue siendo una obligación real de una persona real, y quien la gestione hereda todas las reglas que se aplicaban a la entidad original.

Un fallido cambia lo que el banco espera cobrar. No cambia nada de lo que el cliente debe.
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¿Debe un banco gestionar la deuda antigua, externalizarla o venderla?

Cuando una deuda envejece, el banco tiene tres opciones honestas. Puede seguir trabajando las cuentas con su propio equipo de recuperaciones, lo que conserva la relación con el cliente y el potencial de cobro, pero también el coste y el consumo de capital. Puede externalizar la gestión y pagar a un especialista para que haga recobro extrajudicial en su nombre, normalmente a cambio de una parte de lo que entra, mientras los préstamos siguen en su balance. O puede vender la cartera entera y convertir un goteo lento e incierto de recuperaciones en un único pago hoy.

Casi todas las grandes entidades usan las tres, repartidas por cuenta. La mora reciente con un cliente que todavía contesta se queda en casa. Los saldos más antiguos sin garantía van a un gestor externo. Las carteras que el banco quiere fuera del balance antes de una fecha de cierre se venden, y esa última decisión tiene más que ver con el capital que con ninguna cuenta concreta.

Cuando la respuesta es vender, los compradores valoran la cartera prediciendo lo que de verdad se va a cobrar, restando lo que costará cobrarlo y descontando el resto a hoy con la rentabilidad que exigen sus inversores. El resultado se expresa en céntimos por euro: el precio como porcentaje del saldo total adeudado, lo que se llama valor nominal.

Un ejemplo, con números redondos elegidos por claridad y no datos de mercado. Un banco vende 4.000 préstamos al consumo sin garantía con un saldo medio de 2.500 euros, 10 millones de euros de valor nominal. El modelo del comprador dice que la cartera cobrará el 12 por ciento del nominal en seis años, 1,2 millones de euros. La gestión se comerá una cuarta parte, así que quedan 900.000 euros. Casi todo llega pronto, unos 250.000 euros el primer año, y va bajando hasta 60.000 el sexto. Descuenta ese flujo al 15 por ciento anual y hoy vale unos 630.000 euros. La oferta: 6,3 céntimos por euro.

Tres cosas mueven esa cifra más que cualquier negociación. Primero la antigüedad de la deuda, porque lo que se cobra cae cada año que una cuenta pasa sin trabajarse. Después la garantía: una cartera hipotecaria lleva inmuebles detrás, cosa que una cartera de tarjetas sin garantía no tiene, y se paga mucho más cara por ello. Y la calidad de los datos, porque un comprador que no ve los historiales de pago, los datos de contacto actuales o los contratos firmados supondrá lo peor y pujará en consecuencia. El vendedor, por su parte, compara el precio con el valor al que tiene los préstamos después de provisiones, así que un banco que ya ha provisionado mucho puede vender a 6 céntimos y aun así apuntarse una ganancia.

CaminoEl banco conservaEl banco renuncia aSuele encajar en
Gestionarla en casaCada euro recuperado y la relaciónTiempo del equipo, coste y capital inmovilizadoMora reciente, clientes que todavía responden
Externalizar la gestiónLa titularidad y casi toda la recuperaciónUna parte de lo cobrado y el control diario del tonoSaldos antiguos sin garantía, en volumen
Vender la carteraUn precio fijo, hoyToda recuperación futura por encima de ese precioCarteras que el banco necesita sacar del balance
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¿Qué cambió la directiva europea de administradores de créditos?

La Directiva (UE) 2021/2167 creó un marco europeo único para la venta y la gestión de préstamos bancarios dudosos. Los Estados miembros tenían que transponerla antes del 29 de diciembre de 2023 y aplicarla desde el 30 de diciembre de 2023; varios, entre ellos Portugal, legislaron tarde. Cubre los contratos de crédito dudosos concedidos originalmente por bancos de la UE, y solo las transmisiones hechas después de esa fecha, así que las ventas anteriores siguen bajo las normas previas de cada país.

Para el sector, partió el negocio en dos. Los administradores de créditos, las empresas que gestionan y cobran los préstamos por cuenta de quien los posea, necesitan ahora autorización de un supervisor de su país de origen y después pueden operar en toda la UE. Los compradores de créditos, los inversores que adquieren las carteras, no necesitan licencia con la directiva, pero un comprador no bancario de préstamos al consumo debe nombrar a un administrador autorizado o a una entidad supervisada para tratar con los clientes. Los bancos vendedores tienen que dar además a los posibles compradores información préstamo a préstamo, con plantillas de datos estándar redactadas por la Autoridad Bancaria Europea, lo que en la práctica significa una mejor data tape, la hoja de cálculo de saldos, historiales y garantías con la que el comprador pone precio.

Para el cliente, las protecciones viajan con la deuda. Antes de que nadie cobre, hay que decirle que el préstamo se ha transmitido, quién es ahora el acreedor, quién lo gestiona y dónde reclamar. Los administradores deben actuar de buena fe, dar información clara, proteger los datos personales y evitar el acoso o la presión indebida. Los consumidores conservan todas las defensas que tenían frente a la entidad original, incluida la compensación, y la directiva endureció las normas de crédito al consumo e hipotecario para exigir una tolerancia razonable, es decir, condiciones ajustadas como un periodo de carencia, un plazo más largo o una quita parcial, antes de iniciar la ejecución. Si un administrador puede recibir él mismo los pagos del cliente lo decide cada Estado miembro.

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¿Dónde ayuda la automatización con la deuda antigua, y dónde no?

Las carteras antiguas son sobre todo saldos pequeños, y ahí es donde la economía de las personas se rompe. Pongamos una cuenta de 300 euros gestionada con una comisión del 15 por ciento: si se paga entera, el gestor gana 45 euros, y con eso tiene que pagar cada llamada, carta y seguimiento que necesite la cuenta, al coste completo del tiempo de una persona formada. Sobre miles de cuentas, ese presupuesto obliga a priorizar: los saldos grandes reciben llamadas y los pequeños una carta. La automatización del recobro para bancos y administradores cambia esa aritmética. Un sistema, hoy a menudo un agente de IA que mantiene la conversación por voz o por mensaje escrito, puede llegar a todas las cuentas, ofrecer un plan ajustado a lo que la persona dice que puede pagar y confirmarlo por escrito, a un coste que hace que un saldo de 300 euros merezca una conversación.

La segunda ganancia es la conducta. La directiva espera que a cada cliente se le trate de buena fe, se le diga quién es el acreedor y se le contacte sin presión. Una persona que trabaja doscientas cuentas un viernes por la tarde es una variable; un sistema que envía el aviso de transmisión antes del primer contacto, respeta los horarios y registra cada palabra aplica el mismo estándar a la cuenta uno y a la diez mil. Esa constancia es el argumento más fuerte a favor de la IA en la gestión de carteras NPL, y también su riesgo: un guion mal escrito se repite a la misma escala, así que las reglas tienen que estar bien antes de que llegue el volumen.

Hay trabajo que no se debe automatizar. Un cliente que discute el saldo de una deuda vendida dos veces merece una persona capaz de encontrar el contrato original. Quien habla de enfermedad, de un duelo o de una situación que le hace vulnerable necesita a una persona formada y, a menudo, una pausa. Los grandes acuerdos con garantía, los concursos y todo lo que va camino del juzgado necesitan un criterio y una autoridad que ningún guion tiene. El diseño sensato pasa esas cuentas pronto, con el historial adjunto, y deja a la automatización el trabajo paciente, educado y de gran volumen al que las personas nunca iban a llegar.

Preguntas frecuentes

¿Qué pasa con una deuda pasada a fallido?

Sale del balance de la entidad, pero normalmente no de las obligaciones del cliente. La entidad puede seguir cobrándola, pasarla a un administrador o venderla a un comprador de deuda. Solo deja de deberse cuando se paga, se pacta, se condona, se exonera en un concurso o prescribe según el plazo de cada mercado.

¿Se puede seguir cobrando una cartera de fallidos?

Sí. Pasar a fallido, o castigar en la banca latinoamericana, es un paso contable, no una condonación. Quien gestione después las cuentas está sujeto a las mismas normas de consumo y de datos que la entidad original, y en la UE primero hay que decirle al cliente quién es ahora el acreedor.

¿Por cuánto venden los bancos sus carteras de deuda impagada?

Depende de la antigüedad de la deuda, de si tiene garantía y de la calidad de los datos. La deuda de consumo antigua y sin garantía se vende normalmente por unos céntimos por euro; las carteras con garantía, mucho más caras por el colateral. Los compradores ponen precio con el cobro neto esperado, descontado a hoy.

¿Tengo que pagar una deuda que el banco ha vendido a otra empresa?

Normalmente sí: la venta traspasa el derecho a cobrar, no el importe que se debe. Conservas todas las defensas que tenías frente a la entidad original y, con las normas europeas, te tienen que decir quién compró la deuda y cómo reclamar antes de cobrarte. Si el saldo no te cuadra, pide los documentos que lo respaldan.